Si las mujeres mandasen. María Casas Robla
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Si las mujeres mandasen: los relatos de la primera ola feminista

María Casas Robla recopila para Siruela los textos de una veintena de autoras que abrieron, desde la ficción, la brecha de la llamada primera ola del feminismo.

Si las mujeres mandasen es un fragmento casi de ciencia ficción de una zarzuela del 1898 —Gigantes y cabezudos, con libreto de Miguel Echegaray— cuya protagonista analfabeta desencadena toda una serie de malentendidos y enredos amorosos. Es también el título de una recopilación literaria que reúne los relatos, reflexiones y cartas de diversas escritoras que vivieron entre finales del siglo XVIII y principios del XX.

Los textos de una veintena de autoras componen esta antología, seleccionada y prologada por María Casas Robla para Siruela. Todas ellas vivieron y escribieron en los tiempos de las primeras reivindicaciones feministas por la igualdad. Todas ellas lanzaron una mordaz mirada hacia el mundo patriarcal en el vivían. Todas ellas lo criticaron con idéntica intensidad: algunas con sorna, otras con indignación, incluso con rabia en ciertos casos. Todas ellas contribuyeron a sentar las bases de la defensa de la dignidad, la inteligencia y el potencial humano de las mujeres durante la llamada primera ola feminista.

Un concepto acuñado mucho después, en la década de los sesenta del siglo pasado por Martha Lear, del que la la mayoría de ellas ni siquiera tenía conciencia. Sí sabían del movimiento social que estaban generado (y que se estaba gestando entonces).  ¿Por qué regresar ahora a los inicios? Robla insiste —en el prólogo— en recuperar la memoria de las precursoras del feminismo la situación actual en numerosas culturas asiáticas y africanas “nos obliga a darnos la vuelta”. “Allí donde las mujeres son reducidas a prisión, lapidadas y decapitadas por adúlteras, o han de cargarse de hijos para que sus hombres sigan manteniéndolas, o son objeto de tortura en aras de la pureza, esclavizadas, prostituidas y asesinadas, no es que el feminismo histórico se diluya, sino que su lucha ha de producirse en un contexto que no se puede describir con palabras ni clasificaciones, pues es pre-histórico”.

Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges abren la selección, a modo de prefacio, con dos fragmentos muy significativos del conjunto de su producción. Mary, un relato (1788) critica sin piedad la institución del matrimonio del XVII, concebido como una cárcel doméstica, y la tiranía del pater familias. Por su parte, la revolucionaria francesa se despacha bien a gusto en el pedazo transcrito de su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana (1791).

Jane Austen, Elizabeth Caroline Grey, Fredrika Bremer, George Sand, Mary Shelley, George Eliot, Louisa May Alcott, Mary E. Bradley Lane, Charlotte Perkins Gilman, Olive Schreiner, Kate Chopin, Begum Royeka, Edith Wharton y Virginia Woolf conforman el meollo de Si las mujeres mandasen. La mayor parte son relatos de ficción o fragmentos de novelas en las que sus autoras reflejan sus inquietudes con respecto a la desigualdad de trato y oportunidades sociales de las mujeres de la época.

Desde las reivindicaciones del derecho al voto, el acceso a la educación y la necesidad de independencia económica para liberarse del yugo patriarcal hasta utopías feministas como la de Mary E. Bradley Lane, Mizora. Un mundo de mujeres. Lo más curioso de la antología es que ninguna de las autoras fue militante activa de ninguno de los movimientos feministas en los que luego cristalizaron todas sus críticas y reclamaciones libertarias. A pesar de las diferencias de mentalidad y las distancias temporales y espaciales, todas escribieron sobre los temas que marcaban la existencia de las mujeres en la sociedad: la obligatoriedad del matrimonio y la maternidad, la dependencia económica, la ausencia de libertad…

Rosalía de Castro, Fernán Caballero y Emilia Pardo Bazán ponen fin a este repaso sobre la hipocresía social y la denuncia femenina. Especialmente significativa es la protesta de la poeta gallega que emite en forma de carta e ironía demoledora: “Ser escritora, ¡qué continuo tormento! Por la calle te señalan constantemente y no para bien, y en la calle murmuran de ti. Si vas a la tertulia y hablas de algo de lo que sabes, te expresas siquiera en un lenguaje algo correcto, te llaman bachillera, dicen que te escuchas a ti misma, que lo quieres saber todo. Si guardas una prudente reserva, ¡qué fatua!, ¡qué orgullosa!, te desdeñas de hablar como no sea con literatos. Si te haces modesta y, por no entrar en vanas disputas, dejas pasar desapercibidas las cuestiones con que te provocan, ¿en dónde está tu talento?”.